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Sabiduría Dietética Antigua para los Niños del FuturoArtículo traducido por Julie Burns
La Nutrición y la Degeneración Física es el tipo de libro que cambia la manera en que la gente percibe el mundo. Nadie puede observar las fotografías hermosas de gente supuestamente primitiva – caras anchas, bien formadas y nobles – sin darse cuenta de que hay un problema serio con el desarrollo de los niños modernos. Price encontró tribus o aldeas en cada área aislada que visitó donde virtualmente cada individuo mostraba una perfección física genuina. En estos grupos, las caries dentales eran raras y el amontonamiento y las oclusiones dentales – el tipo de problemas que mantienen a los ortodoncistas norteamericanos en yates y casas de vacación – no existían. Price tomó fotografía tras fotografía de hermosas sonrisas, y notó que los nativos eran siempre alegres y optimistas. Tal gente se caracterizaba por un “desarrollo físico espléndido” y una ausencia casi total de enfermedad, aun en esos ambientes físicos que eran extremadamente severos. El hecho de que las personas “primitivas” con frecuencia demostraban un alto grado de perfección física y dientes hermosos y rectos no era desconocido para otros investigadores de esa época. La explicación aceptada era que estas personas eran “racialmente puras” y que los cambios desafortunados en la estructura facial se debían a la “mezcla de razas”. Para Price esta teoría era inaceptable. Los grupos que estudió con frecuencia vivían cerca de grupos racialmente parecidos que habían tenido contacto con comerciantes o misionarios y que habían abandonado su dieta tradicional por comidas disponibles en las nuevamente establecidas tiendas –azúcar, granos refinados, comidas enlatadas, leche pasteurizada y grasas y aceites debilitados – lo que Price llamaba “los alimentos desplazantes del comercio moderno.” En estas personas, encontró caries dentales difundidas, enfermedades infecciosas y condiciones degenerativas. Los niños nacidos a padres quienes habían adoptado la tal llamada dieta civilizada tenían dientes amontonadas o torcidos, caras angostas, deformidades de la estructura ósea e inmunidad reducida a la enfermedad. Price llegó a la conclusión de que la raza no tenía nada que ver con estos cambios. El notó que la degeneración física ocurría en los hijos de padres nativos que habían adoptado la dieta del hombre blanco; mientras que los niños de razas mixtas cuyos padres habían consumido comidas tradicionales nacieron con caras hermosas y dientes rectos. Las dietas de los “primitivos” saludables que Price estudió eran todas diferentes: en la aldea suiza donde Price comenzó sus investigaciones, los habitantes vivían de productos lácteos ricos – leche, mantequilla, crema y huevos no pasteurizados—pan de centeno denso, ocasionalmente carne, sopas de caldo de hueso y las pocas verduras que podían cultivar durante los cortos meses del verano. Los niños nunca se cepillaban los dientes – de hecho sus dientes estaban cubiertos con baba verde – pero Price encontró que sólo 1% de los dientes tenía caries. Los niños andaban descalzos en riachuelos frígidos durante un clima que forzó al Dr. Price y a su esposa a vestir abrigos de lana pesados; sin embargo las enfermedades de la niñez eran virtualmente inexistentes y nunca hubo un solo caso de tuberculosis en la aldea. Los pescadores robustos que vivían cerca de la costa de Escocia no consumían ningún producto lácteo. El pescado formaba la fuente principal de su dieta, junto con avena cocida y pasteles de avena. Las cabezas de pescado rellenas de avena y hígado picado de pescado era un plato tradicional, y uno que se consideraba muy importante para los niños. La dieta esquimal, que consistía principalmente de pescado, huevos de pescado y animales marinos, incluyendo aceite y grasa de focas, permitió que las madres esquimales produjeran niño tras niño robusto sin padecer de problemas de salud o caries dentales. Los musculares cazadores-segadores en Canadá, los pantanos de Florida, el Amazonas, Australia y África consumían animales de caza, especialmente las partes que las personas civilizadas tienden a evitar – carnes de órganos, glándulas, sangre, médula ósea y particularmente las glándulas suprarrenales – y una variedad de granos, tubérculos, vegetales y frutas disponibles. Los isleños del Sur Pacífico y los maori de Nueva Zelanda comían todo tipo de comida de mar – pescado, tiburón, pulpos, mariscos, gusanos del mar –junto con carne y grasa de cerdo y una variedad de comidas de plantas incluyendo coco, yuca y fruta. Toda vez que podían, estas personas aisladas obtenían comidas del mar – aún las tribus indígenas que vivían en lo más alto de los Andes. Estos grupos valorizaban mucho los huevos de pescado disponibles en forma seca en las aldeas andinas más remotas. Otra comida común, excepto en la región ártica, eran los insectos. Los alimentos que permiten que personas de todas las razas y todos los climas permanezcan saludables son las comidas enteras naturales – carne con su grasa, órganos, productos lácteos enteros, pescado, insectos, granos enteros, tubérculos, verduras y frutas—y no la mayoría de las invenciones novedosas hechas con azúcar blanca, harina refinada y aceites vegetales rancios y químicamente alterados.
Price se llevó muestras de las comidas nativas a Cleveland y las estudió en su laboratorio. Encontró que estas dietas contenían por lo menos cuatro veces más minerales y vitaminas solubles en agua – vitamina C y el complejo B – que la dieta americana de ese entonces. No cabe duda que Price encontraría una discrepancia aún mayor en los años 1990 debido al agotamiento continuo de nuestras tierras causado por las prácticas agrícolas industriales. Aún más, las poblaciones tradicionales preparaban los granos y tubérculos de tal manera que aumentaban el contenido vitamínico y volvían más disponibles los minerales: remojo, fermentación, germinación y fermentación agria. Fue cuando Price analizó las vitaminas liposolubles que realmente quedó sorprendido. ¡Las dietas de los grupos nativos saludables contenían por lo menos 10 veces más vitamina A y vitamina D que la dieta norteamericana de su época! Estas vitaminas sólo se encuentran en las grasas animales – mantequilla, manteca, yemas de huevo, aceites de pescado y alimentos con membranas ricas en grasa como el hígado y otras carnes de órgano, huevos de pescado y mariscos. Price se refería a las vitaminas liposolubles como “catalizadores” o “activadores” de las cuales dependía la asimilación de todos los demás nutrientes – proteína, minerales y vitaminas. En otras palabras, sin los factores dietéticos que se encuentran en las grasas animales, todos los demás nutrientes mayormente se echan a perder. Price también descubrió otra vitamina soluble en grasa aun más poderosa para la absorbencia de nutrientes que las vitaminas A y D. Price la nombró el “Activador X”. Todos los grupos saludables que Price estudió tenían el Factor X en sus dietas. Se encontraba en ciertas comidas especiales que estas personas consideraban sagradas – aceita de hígado de bacalao, huevos de pescado, carnes de órganos y mantequilla de primavera y otoño color amarillo profundo de vacas que comían pasto verde de crecimiento rápido. Cuando se derretían las nieves y las vacas subían a los pastos ricos arriba de su aldea, los aldeanos suizos colocaban un tazón de esta mantequilla en el altar de la iglesia y prendían una mecha con ella. Los masai le prendían fuego a los campos amarillos para que el nuevo pasto pudiera crecer para sus vacas. Los cazadores-segadores siempre se comían los órganos de los animales que mataban, con frecuencia crudos. Muchas tribus del África consideraban el hígado como sagrado. Los esquimales y muchas tribus indígenas valorizaban mucho los huevos de pescado. El valor terapéutico de alimentos ricos en el Factor X fue reconocido durante los años antes de la segunda guerra mundial. Price halló que la acción de la “alta vitamina” de la mantequilla de la primavera y del otoño fue como magia, especialmente en combinación con una dieta que también incluía pequeñas dosis de aceite de hígado de bacalao. El usó la combinación de mantequilla alta en vitamina y aceite de hígado de bacalao con sumo éxito para tratar osteoporosis, deterioro dental, artritis, raquitismo y retraso de crecimiento en los niños. Otros investigadores tuvieron mucho éxito en usar tales alimentos para el tratamiento de enfermedades respiratorias como tuberculosis, asma, alergias y enfisema. Uno de estos fue Frances Pottenger cuyo sanatorio en Monrovia, California servía cantidades generosas de hígado, crema, mantequilla y huevos a pacientes convalecientes. También daba suplementos de corteza suprarrenal para tratar el agotamiento.
Al igual que Price, Pottenger también era investigador. Decidió llevar a cabo la suprarrenalectomía en gatos y después darles de comer la corteza suprarrenal que preparaba para sus pacientes para determinar su efectividad. Desafortunadamente, la mayoría de los gatos murieron durante la cirugía. Concibió un experimento en que un grupo de gatos recibió sólo leche cruda y carne cruda, mientras que otros grupos recibieron leche pasteurizada o carne cocida. Encontró que sólo los gatos con la dieta totalmente cruda sobrevivieron la suprarrenalectomía y a medida que progresaba su investigación, notó que sólo el grupo de dieta cruda siguió con buena salud generación tras generación – tenían estructura ósea excelente, libres de parásitos y alimañas, embarazos fáciles y carácter agradable. Todos los grupos con dieta parcialmente cocida desarrollaron “deformidades faciales” exactamente iguales a las que Price observó en grupos humanos que consumían los “alimentos desplazantes del comercio moderno”: caras angostas, mandíbulas amontonadas, huesos frágiles y ligamentos debilitados. Sufrían de parásitos, desarrollaron una multitud de enfermedades y sufrieron de embarazos difíciles. Las gatas hembras se volvieron agresivas mientras que los gatos se volvieron más dóciles. Después de sólo tres generaciones, los animales jóvenes murieron antes de llegar a ser adultos y la reproducción cesó. Los resultados de los experimentos de Pottenger con gatos son frecuentemente malinterpretados. No significan que los seres humanos sólo deben comer alimentos crudos – los humanos no son gatos. En todos los grupos saludables que Price estudió, parte de la dieta era cocinada. (Los productos lácteos, sin embargo, casi siempre se consumían crudos). Los hallazgos de Pottenger deben entenderse en el contexto de las investigaciones de Price y pueden interpretarse de la siguiente manera: Cuando la dieta humana produce “malformaciones faciales” como el estrechamiento progresivo de la cara y el amontonamiento de los dientes, ocurrirá la extinción si la dieta se sigue por varias generaciones. Son profundas las implicaciones para la civilización occidental obsesionada con comidas convenientes refinadas, altamente endulzadas y alimentos bajos en grasa. Las investigaciones de Weston Price no son tanto malinterpretadas como ignoradas. En un país donde el establecimiento ortodoxo de la salud condena la grasa saturada y el colesterol de fuentes animales, y donde las expendedoras automáticas forman parte del mobiliario de nuestras escuelas, ¿quién quiere saber de un dentista peripatético quien advirtió sobre los peligros del azúcar y de la harina blanca, quién pensaba que los niños deberían tomar aceite de hígado de bacalao y quién creía que la mantequilla era la comida saludable número uno? Lo irónico es que mientras Price se vuelve más y más olvidado, más y más investigaciones aparecen en la literatura científica que prueban que tenía razón. Ahora sabemos que la vitamina A es esencial para la prevención de anomalías congénitas, para el crecimiento y el desarrollo, para la salud del sistema inmunológico y el funcionamiento apropiado de todas las glándulas. Los científicos han descubierto que los lactantes y los niños no son capaces de convertir los precursores de la Vitamina A: los carotenos que se encuentran en los alimentos vegetales, a la verdadera vitamina A y deben obtener de la grasa animal un suministro vital de tal nutriente. Sin embargo, ahora los expertos nutricionistas ortodoxos urgen las dietas bajas en grasa para los niños. Los diabéticos y las personas con condiciones de tiroides tampoco pueden convertir los carotenos a la forma liposoluble de la vitamina A y sin embargo se les dice que eviten las grasas animales. La literatura científica nos informa que la vitamina D es necesaria no sólo para huesos saludables, crecimiento y desarrollo óptimos, sino también para evitar cáncer del colon, esclerosis múltiple y problemas reproductivos. El aceite de bacalao de hígado es una fuente excelente de vitamina D. El aceite de bacalao de hígado también contiene grasas especiales llamadas EPA y DHA. El cuerpo usa EPA para crear sustancias que ayudan a prevenir coágulos sanguíneos y que regulan una multitud de procesos bioquímicos. Investigaciones recientes demuestran que la DHA es esencial para el desarrollo del cerebro y del sistema nervioso. Una cantidad adecuada de DHA en la dieta de la madre es necesaria para el desarrollo adecuado de la retina del feto. La DHA en la leche materna ayuda en la prevención de trastornos del aprendizaje. El aceite de bacalao de hígado y alimentos como el hígado y la yema de huevo proveen este nutriente esencial para el feto en proceso de desarrollo, y para lactantes y niños en etapa de crecimiento. La mantequilla contiene tanto vitamina A como vitamina D, además de otras sustancias beneficiosas. El ácido linoléico conjugado en la grasa de la leche ofrece una protección poderosa contra el cáncer. Ciertos lípidos llamados glucoesfingolípidos ayudan en la digestión. La mantequilla es rica en oligoelementos, y naturalmente, la mantequilla de la primavera y del otoño contiene el Factor X. Los lípidos saturados de las fuentes animales – descritos como el enemigo – forman una parte importante de la membrana celular; protegen al sistema inmunológico y aumentan la utilización de ácidos grasos esenciales, los cuales son necesarios para el desarrollo adecuado del cerebro y del sistema nervioso. Ciertos tipos de lípidos saturados proveen energía rápida y protegen contra microorganismos patógenos en el tracto intestinal y otros tipos proveen energía al corazón. El colesterol es esencial para le desarrollo del cerebro y del sistema nervioso del lactante, tanto así que la leche materna no sólo es extremamente rica en esta sustancia, sino que también contiene enzimas especiales que ayudan en la absorción de colesterol del tracto intestinal. El colesterol es la sustancia de reparación del cuerpo: cuando la debilidad o la irritación daña las arterias, el colesterol llega a repararlas y a prevenir aneurismas. El colesterol es un antioxidante poderoso que protege al cuerpo contra el cáncer; es el precursor a las sales biliares necesarias para la digestión de grasas; y es la base de la cual se forman las hormonas suprarrenales, las que nos ayudan a lidiar con el estrés y las que regulan la función sexual. La literatura científica es igualmente clara acerca de los peligros de los aceites vegetales polinsaturados, el tipo que supuestamente son beneficiosos. Ya que los polinsaturados son muy propensos a la ranciedad, aumentan la necesidad del cuerpo de vitamina E y otros antioxidantes. (El aceite de canola, en particular, puede crear una deficiencia severa de vitamina E.) El consumo excesivo de aceites vegetales es especialmente dañino para los órganos reproductivos y los pulmones – ambos focos de aumentos enormes de cáncer en los Estados Unidos. En animales de investigación, las dietas altas en polinsaturados de aceites vegetales inhiben la capacidad de aprendizaje, especialmente bajos condiciones de estrés; son tóxicos para el hígado; comprometen la integridad del sistema inmunológico; deprimen el crecimiento mental y físico de lactantes; aumentan los niveles de ácido úrico en la sangre; causan anormalidades de los ácidos grasos en los tejidos adiposos; han sido vinculados al deterioro mental y a daños cromosómicos y aceleran el envejecimiento. El consumo excesivo de polinsaturados está asociado con aumentos en las tasas de cáncer, enfermedad del corazón y aumento de peso; el uso excesivo de aceites vegetales comerciales interfiere con la producción de prostaglandinas, hormonas localizadas en los tejidos, lo cual conlleva a una gran variedad de quejas tales como enfermedad autoinmunitaria, esterilidad y síndrome premenstrual. Los aceites vegetales son más tóxicos al calentarse. Un estudio reportó que los polinsaturados se convierten en barniz en los intestinos. Un estudio por un cirujano plástico encontró que las mujeres que consumían principalmente aceites vegetales tenían muchas más arrugas que las que consumían grasas animales tradicionales. Cuando los aceites polinsaturados se endurecen para hacer la margarina y la manteca mediante un proceso llamado hidrogenación, estos productos nos afectan doblemente con el aumento de cáncer, problemas reproductivos, incapacidades de aprendizaje y problemas de crecimiento en los niños. Las investigaciones vitales de Weston Price han quedado mayormente
olvidadas porque la importancia de sus hallazgos, si fuesen reconocidas
por el público en general, derribarían la mayor industria
de los Estados Unidos: el procesamiento de alimentos y sus tres pilares
de apoyo:
Lo que la investigación realmente demuestra es que tanto los
carbohidratos refinados como los aceites vegetales causan desequilibrios
en la sangre y a nivel celular que conllevan a una elevación
en la tendencia de aumentar la formación de coágulos sanguíneos,
lo cual a su vez lleva al infarto de miocardio. Este tipo de enfermedad
cardíaca era virtualmente desconocida en los Estados Unidos en
1900. Hoy en día ha alcanzado niveles epidémicos. No puede
culparse de esto a las grasas saturadas o al colesterol por la formación
de la ateroesclerosis, o sea la acumulación de placas sólidas
en las paredes de las arterias. La premisa de que las comidas tradicionales de nuestros antepasados: mantequilla, crema, huevos, hígado, carne y huevos de pescado que Price reconoció como necesarios para producir un “desarrollo físico espléndido” nos hacen mal, es parte integrante de la hipótesis de lípidos. Un número de estratagemas a servido para arraigar esta noción en la conciencia de la gente, entre las cuales destaca el Programa Nacional de Educación sobre el Colesterol (NCEP, según sus siglas en inglés), por medio del cual sus impuestos pagaron por un paquete de “información” acerca del colesterol y la enfermedad cardíaca a enviarse a cada médico en los Estados Unidos. Ya que la Asociación Americana Farmacéutica sirvió en el Comité de coordinación de este programo masivo, no es sorprendente que el paquete instruyera a los médicos en las maneras de examinar las concentraciones séricas de colesterol, y cuáles medicamentos recetar a los pacientes cuyas concentraciones de colesterol los ponían en la categoría “a riesgo”: definida arbitrariamente como cualquiera encima de 200 mg/dl, la gran mayoría de la población adulta. Los médicos recibieron instrucciones sobre la “dieta prudente”, baja en grasa saturada y colesterol, para los norteamericanos “a riesgo”, a pesar de que los estudios indicaron que tales dietas no ofrecían ninguna protección significante contra la enfermedad cardíaca. Lo que si lograron, sin embargo, fue aumentar el riesgo de muerte debido a cáncer, enfermedades intestinales, accidentes, suicidio y embolia cerebral. Una recomendación específica incluida en el paquete de información de NCEP fue el reemplazo de la mantequilla con la margarina. En 1990, dos generaciones después de que Weston Price concibiera la idea de estudiar grupos de personas no-industrializadas aisladas como manera de aprender cómo conferir la buena salud a nuestros niños, el Programa Nacional de Educación sobre el Colesterol recomendó la “dieta prudente” para todo norteamericano mayor de dos años de edad. Supuestamente, la ventaja de tal dieta es un riesgo reducido de enfermedad cardíaca a edad más avanzada – aunque ni un solo estudio ha demostrado que tal hipótesis es defendible. Lo que la literatura científica si nos dice es que las dietas bajas en grasa para los niños, o las dietas en las que los aceites vegetales han sustituido las grasas animales, resultan en retraso del desarrollo –incapacidad para crecer fuertes y sanos -- así como también incapacidades de aprendizaje, susceptibilidad a la infección y problemas de comportamiento. Las adolescentes que siguen esta dieta corren el riesgo de problemas reproductivos. Si logran concebir, tiene alta posibilidad de dar a luz a bebés de bajo peso al nacer, o con defectos congénitos.
En comparación con esta tontería, la sabiduría del tal llamado primitivo en cuanto a asegurar la salud de sus hijos ha inspirado la admiración de Weston Price y todos aquellos quienes han leído su libro. Una y otra vez encontró que los grupos tribales, especialmente aquellos en África y el sur pacífico, alimentaban con comidas especiales a sus jóvenes de ambos sexos antes de la concepción, a las mujeres durante el embarazo y durante la lactancia y a los niños durante sus años de crecimiento. Cuando él examinó estos alimentos: hígado, mariscos, carnes de órgano y mantequilla color amarillo brillante, encontró que eran extremamente ricos en “activadores liposolubles”: las vitaminas A, D y el Factor X. Las mujeres lactantes se alimentaban con preparaciones especiales de granos remojados con alto contenido mineral, especialmente mijo y quínoa. Price también descubrió que muchas tribus practicaban espaciar sus hijos para permitirles a las madres tiempo para recuperar sus reservas nutritivas y para asegurar que los niños subsiguientes fueran tan saludables como el primero. Esto lo lograron mediante un sistema de esposas múltiples, o en el caso de culturas monógamas, la abstinencia deliberada. Tres años se consideraba como el tiempo mínimo necesario entre niños a la misma madre; menos tiempo deshonraba a los padres y traía el oprobio de la aldea. La educación de los jóvenes en estas tribus incluía la instrucción en la sabiduría dietética como forma de asegurar la salud de generaciones futuras y la continuación de la tribu ante el reto constante de encontrar comida y defender el grupo contra vecinos en son de guerra. Los padres modernos, que viven en tiempos de paz y abundancia, enfrentan
un reto muy diferente, el del discernimiento y la astucia. Necesitan
discernir entre hipérbole y verdad al escoger alimentos para
sí mismos y sus familias y ser astutos al proteger a sus hijos
contra los productos desplazantes del comercio moderno que previenen
la expresión óptima de su herencia genética: comidas
hechas de azúcar, harina blanca, aceites vegetales y productos
que imitan las comidas nutritivas de nuestros antepasados como margarina,
manteca, sustitutos de huevos, extendedores de carne, caldos sintéticos,
sustituto de crema, queso procesado, carnes de producción industrial,
plantas de producción industrial, polvos de proteína y
paquetes de productos que nunca se echan a perder. Para un futuro de niños saludables – o cualquier futuro – debemos darle la espalda a los consejos dietéticos de la ortodoxia sofisticada médica y volver a la sabiduría nutricional de nuestros presuntamente primitivos antepasados, seleccionando comidas enteras tradicionales cultivadas orgánicamente, criadas humanamente, procesadas en grado mínimo y sobre todo con sus componentes lípidos vitales intactos.
En conjunción nuevamente con Enig, Sally Fallon escribió “Coma Grasa, Pierda Grasa” (Eat Fat, Lose Fat), así como también ha sido la autora de numerosos artículos sobre los temas de dieta y salud. Presidenta de la Fundación Weston A. Price y fundadora de Campaña a favor del la Leche Verdadera (“A Campaign for Real Milk”), Sally también es periodista, chef, investigadora nutricional, ama de casa y activista comunitaria. Sus cuatro hijos saludables fueron criados con comidas enteras incluyendo mantequilla, crema, huevos y carne.
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